Mi padre sostenía que toda cicatriz trae una historia desagradable detrás; y tenía toda la razón, finalmente las cicatrices son el resultado de algún suceso no muy grato que nos ha ocurrido en la vida y que finalmente nos deja literalmente marcados. Lo realmente importante es que logremos darles una lectura diferente, y que estas cicatrices no reflejen otra cosa que múltiples experiencias, que nos han dejado poderosas enseñanzas, las cuales a su vez nos deben permitir corregir para salir fortalecidos. Así las podemos ver de una manera diferente cada vez que las miramos o nos llegan a la memoria, recordando solamente sus beneficios y no las dolorosas heridas que las ocasionaron.
Debemos tener muy presente, que las penosas heridas que nos dejan cicatrices no necesariamente tienen que ser físicas, si no también emocionales; incluso estas últimas muchas veces generan consecuencias más dolorosas, ya sea porque no las identificamos con claridad y nos hagan daño de manera silenciosa, o porque también toque enfrentarlas en escenarios donde sean calificadas como “normales” y por lo tanto no se les deba prestar mucha atención, a sabiendas de las grandes implicaciones que esto puede traer en el comportamiento
humano.
Por todo esto se hace imperativo que además de aprender a manejarlas, evitemos a toda costa producirlas generando esas horrorosas cicatrices y procurar más bien, indefectiblemente, vivir dejando huella, impactando positivamente a los demás, evitando hacer daño, generando valor, haciendo de manera extraordinaria las cosas ordinarias, logrando ser recordados como personas respetuosas que siempre lucharon por un mundo mejor y una sociedad más justa. Les garantizo que no es tan difícil, debemos hacer todos los esfuerzos para lograrlo.
De hecho, hay que asumirlo como una premisa en la vida, partiendo de la base de que por nada del mundo se puede ser del montón, siendo esta una maravillosa enseñanza que recibí de mis mayores; y es a eso a lo que le debemos apostar. Ser uno más en un universo cada vez más competitivo debe ser impensable, definitivamente debemos marcar la diferencia y salir de esas amenazantes zonas de confort.
En el mundo corporativo, la mayoría de las organizaciones reflejan la huella de sus fundadores, de quienes las inspiraron, usualmente soportados en una cultura corporativa con unos valores poderosos que les han servido además para definir su propósito superior. Es responsabilidad de los actuales y futuros directivos continuar con esta buena herencia y fortalecerla.
En el deporte nos encontramos infinidad de ejemplos de persona que, con grandes esfuerzos, sacrificios, pasión y persistencia, han logrado dejar un legado que sirve de ejemplo e inspiración a las nuevas generaciones.
En la vida política, hoy en día no es fácil encontrar personas que dejan huella, de hecho, esta buena forma de proceder es cada vez más escasa; y lo peor es que pareciera que nos estuviéramos acostumbrando a ello, teniendo como resultado la generación de escenarios donde se vive en medio de la mediocridad y la indecencia.
En el trabajo social, son protagonistas en su gran mayoría una serie de héroes anónimos, que sin aspavientos han dejado en innumerables personas e instituciones su huella indeleble, mejorándoles la calidad de vida, facilitando las condiciones para que se pueda acceder a mayores oportunidades.
Si miramos otros campos, como el cultural, el académico, y el artístico, por ejemplo, nos vamos a encontrar con celebridades que han dejado su huella y que han impactado positivamente a través de sus obras a infinidad de personas.
Como podemos ver, hay luces de esperanza que nos indican que todavía existen muchas personas que han tomado la decisión de dejar huella, no cicatrices; por eso quiero invitarlos a que no aplacemos más la decisión de tomar este camino y hacer todo lo que esté a nuestro alcance para lograrlo.