Una eternidad sin sol

2010-07-16 00

 

opinión

"Si en la palabra rosa está la rosa y todo el río en la palabra Nilo", en la antioqueña Rosa Bayadales la palabra empeñada se encarnó y se hizo mujer.

Todavía me produce escaramuza la conmovedora noticia que leí en El Colombiano hace varias semanas: doña Rosa, de Tarso, un Macondo paisa, hizo la siguiente promesa a quien "encerró con puertas el mar": si su hijo José Alonso caminaba, ella permanecería 20 años apartada "del mundanal ruido".

Por una vez me habría gustado volverme minúsculo dios para exonerar a doña Rosa de semejante enroque con la soledad.

Admiro pero no comparto su arduo sacrificio. Tanto que me pregunté: ¿Acaso Dios tomó compensatorio de 20 años que no se le apareció para levantarle su renuncia a la libertad?

En letra de tango, 20 años no son un carajo, pero todo ese tiempo sin parques, sol, cocuyos, amigos, carne, es una eternidad.

El que reparte dones debió instruir al Ãngel de la Guarda de Rosa, o al ordinario del lugar, el padre Paredes, su confesor, para que la liberara de la insólita promesa. Mis fuentes eclesiásticas me informan que nadie tiene que cumplir promesas superiores a sus fuerzas.

Ahora, si el curita Paredes prefirió no interferir, el Papa Benedicto XVI, iluminado por el Espíritu Santo, ha debido mediar en el asunto para explicarle a Rosa: "Hijita, el sol, el viento, los arreboles, los colibríes, tus tocayas las rosas, los hizo Dios para disfrutarlos en libertad".

Hay que abonarle a doña Rosa que hubiera tenido palabra de gallero. No puedo decir lo mismo. De niño, cuando en casa escondían con plata un muñequito del Niño Dios, con mañas oscuras de jugador de póker le proponía al que inventó el día y su antípoda la noche: "Señor, ayúdame a encontrar al Niño y partimos".

Pero a la hora de repartir dividendos, por telepatía, la Internet de pedal de antes, hablaba de nuevo con Dios, como solía hacerlo Don Camilo, el de Giovanni Guareschi: "Señor, ¿y vos plata pa’ qué si lo que necesitás lo hacés?". La platica se iba en mecato.

Me acuerdo de la manda de doña Rosa y se me daña el almuerzo de hace 20 años cuando, a sus tiernos 37 abriles, decidió darse su hogar por cárcel.

Felizmente, la visitaban algunos vecinos, incluida la estilista que le pintaba el pelo del color de su soledad. Le encimaba el pedicure para unos frágiles dedos acostumbrados a la escueta geografía de las cuatro paredes. Coquetería, Rosa Bayadales te llamaría.

Ojalá que, con o sin el visto bueno del párroco Paredes, doña Rosa haya salido disfrazada de vecina a recorrer las calles de Tarso en noches de luna. La imagino montando en el metro de Medellín con gafas polarizadas prestadas por alguna amiga cómplice. O en libertarios paseos de olla.

Nuestra heroína merece ir directo al cielo sin pagar el peaje del Purgatorio. Previa recuperación del tiempo perdido, claro. Porque en la fugaz vida del hombre, valen más 20 años en mano, que una eternidad volando.




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