Tacaño perfil de los sapos
2010-02-02 00
El sapo tira la piedra y esconde la cara. La clandestinidad es su ámbito. Tiene por cárcel la oscura madriguera desde donde conspira.
El saurio criollo delata gratis, por inercia. No exige recompensa. La rechaza. Él mismo se cobra sus honorarios. Es parte de sus principios, porque los tiene. (Ahora “si no le gustan, se los cambio por otrosâ€, dice con Marx, Groucho, no Carlos).
El sapo asciende tirándose al otro. Cuando se queda sin ideas, para inspirarse, saca de la cartera la estampita de su tutor ideológico, Judas Iscariote.
De su amigo, de su vecino, de su pariente, dice sólo lo falso. No investiga. Sin confirmar sà lo dice. Mata y después averigua.
Decirle conspirador a un lapsus de esta calaña es levantarle inmerecida estatua. Si en el coctel donde se encuentra no está sapiando a alguien, agarra el sombrero y se larga a ejercer su macabro destino a otra parroquia.
SonrÃe delante de su vÃctima para sacarle dividendos. Después dará la puñalada trapera desde su burladero, la sombra. Dispara desde el anonimato.
Se siente en su salsa como integrante del cartel de los sapos.
Este espécimen no tiene hoja de vida sino prontuario de "faltón". No se le puede creer ni lo contrario. Se muere de la risa cuando lee que el catecismo del Padre Astete prohÃbe levantar falsos testimonios. Miente, delata, y, en sus ratos de ocio, existe. Otra forma de sobrevivir le parecerÃa nefasta.
No le importa hacer quedar mal a su homónimo, el sapo de verdad, metafÃsico y discreto como un punto y coma. Cuando el verdadero sapo desea rezar, croa. El sapo de dos pies nunca ora, prefiere calumniar.
Su divisa, tomada de alguna vieja revista de peluquerÃa, es: de la calumnia algo queda. Puede ser una chanfa, su majestad el contrato, un Agro Ingreso Seguro. Se le puede aplicar esta sentencia: "Hay quienes primero se enriquecen, y después se honradecen".
Para tener donde reclinar su fatigada cabeza, de pronto se adueña del corazón de alguna dama dejada por el tren del amor.
Los sapos ven, oyen, huelen, gustan y palpan. Todo en beneficio de su oficio de correveidiles.
Pueden vivir sin comer ni respirar. Nunca sin delatar. Si lo necesitan para sus fines, son capaces de sapiarse a ellos mismos.
En la mañana, frente al espejo que los retrata en su Ãnfima expresión, no se afeitan los pelos, sino su más reciente saperÃa para que les quepan las del dÃa.
Los ojos del reptil de Macondo son el betamax de sus almas. En las niñas de sus ojos brillan dos inminentes calumnias.
¿Cómo reconocerlos? Tienen callo en la lengua de tanto inventar falsos positivos, o positivos negativos. La semántica es lo de menos.
No sonrÃen, sospechan; no hablan, calumnian; no ven, entierran prestigios; no sueñan, tienen pesadillas. Su hoja de servicios es tan elocuente que hace tiempos reencarnó en adagios: "los sapos mueren estripados" y "murió como sapo en tomatera", son dos de ellos.
El sapo, por ser quien es, está condenado al olvido, uno de los alias del desprecio. Merecen que les retiren el saludo y la mirada.
Sapos de estos, o peorcitos, producirá la era Uribe. Si nos oponemos, él seguirá con su idea. Hay que proclamar que la propuesta es genial. Sólo entonces la arrojará al cesto de la basura, o se la devolverá al asesor que se la inspiró. Un sapo de raca mandaca, por supuesto.
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