Para leer en ayunas
Por muy sagrado que sea nuestro templo y aunque haya sido creado a imagen y semejanza del supremo, no me vengan a decir que el cuerpo humano es perfecto. MagnÃfico es el David de Miguel Ãngel, ahà marmolizado para siempre en una GalerÃa en Florencia, y tampoco lo es del todo porque me parece que le falta en ciertas partes y le sobra de otras. Los cuerpos mortales, los que no están inmortalizados en piedra y van contaminando y gastando oxÃgeno por las calles, son un engaño. Qué máquina perfecta ni qué cuentos.
Tres veces al dÃa, y según últimas recomendaciones de los nutricionistas hasta seis y siete, hay que alimentar al cuerpecito, y si uno tiene que trabajar, lo más conveniente serÃa renunciar y dedicarse a echarle gasolina a este monstruo que nos devora vivos si no le proporcionamos toda clase de alimentos cada dÃa. Qué barbaridad; saber que casi todo se va por el inodoro. Aunque reconozco que es maravilloso imaginar cómo un pan se vuelve sangre que recorre nuestro cuerpo, eso es sólo en la imaginación. No es sino ver la telenovela de los médicos para constatar que toda esa corriente de vida y ese corazón abierto, en la realidad son asquerosos, gelatinosos, morados, purulentos, pegajosos, y aunque a algunos, como a los médicos, eso les parecerá divino, es distinto para los que no estamos acostumbrados a ver a la gente por dentro. Y no importarÃa que no sea bonito, es verdad, si no se volviera mierda; pero ese deterioro cruel de la vejez les quedó muy mal hecho… ¿Eso para qué? ¿Para morirse decrépito? Qué infamia, y no es que pida inmortalidad, sólo que no tenga uno que morirse después de haber sufrido el nefasto cambio de los años; me parece que ese desgaste no era necesario.
Un buen invento son las uñas; asà deberÃa funcionar todo, por ejemplo, los dientes; deberÃan crecer y renovarse, y se van cortando. Pero un solo juego para triturar todo lo que uno se traga por más de medio siglo, eso a quién se le ocurre, hubieran podido al menos hacerlos del perenne mármol blanco, aunque no crecieran. Pero eso sà cada mes nos mandan a las mujeres, con impulso, ese torrente de vida que nos jode la vida… ¿Para qué cada mes? ¿Cuántos hijos se pueden tener en una vida? como si nuestra única función fuera procrear con dolor, infinito, como el universo creado por Dios, que me parece que cuando creó al hombre y a la mujer en el sexto dÃa, ya estaba mamado. Cómo no se imaginó que para satisfacer las necesidades de este mecanismo tendrÃamos que trabajar incansablemente durante toda la vida, al igual que para pagar un seguro médico que cubra todas las imperfecciones de nuestro malvado verdugo de carne y hueso, tripas y mucosidades.
Además de un baño público, la sala de urgencias de un hospital es uno de los sitios en donde se puede palpar la falsa dignidad del cuerpo. Hace poco me tocó ir a acompañar a alguien que padecÃa un dolor extremo causado por la precaria ingenierÃa de las rodillas, y cuando llevábamos un rato esperando llegó una señora de edad sosteniendo a su viejito en piyama. Ella con cara de angustia y mal genio, divinamente vestida y maquillada, y con pelo muy negro embombado que enmarcaba sus arrugas y su nariz respingada, al mejor estilo de esas personas que se creen mejores que el resto. Al viejo la vida le esculpió su cara de piedra, que se notaba que no provenÃa únicamente del mal que lo llevó a la clÃnica. Los más pinchados del mundo, pasaron con soberbia por el riguroso papeleo de la entrada, y se sentaron escrupulosos a esperar. De pronto el señor empezó a hacer unos sonidos que le salÃan entre arcadas por la boca y se pegó la vomitada más repugnante del mundo, encima de él y de su esposa, mientras los presentes mirábamos con terror la cantidad de cosas espumosas de todos los colores que tenemos adentro. Llegaron las aseadoras, limpiaron y le llevaron una bolsa al señor, y la prueba de que él no es el único que alberga tanta porquerÃa es que no lo entraron a urgencias; ahà los dejaron. Todos nos abrimos del lugar, hasta el del pie quebrado salió corriendo; los nuevos enfermos llegaban con sus acompañantes y se sentaban en el lugar de los hechos, mientras que los que presenciamos lo ocurrido mirábamos a los pobres viejos con repugnancia en la distancia. Me atrevo a hablar asà porque el señor no se murió. Lo sé porque a los pocos dÃas los vi entrar a un restaurante con su dignidad perdida, y me dañaron la comida.
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PERSONAS MUY MATERIALISTAS