Nuevos aires para Colombia

2010-03-21 00
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Eduardo García Aguilar

En 2010, cuando se celebra otro centenario del inicio del proceso de Independencia, justo es reconocer que el país está viviendo jornadas históricas, al salvarse de una hegemonía propugnada por un caudillo abusivo e iniciar un proceso de reconstrucción democrática, con muchos defectos, pero que airea ocho años de unanimismo asfixiante.

Hace apenas unas semanas la situación era incierta, pero la Corte Constitucional, que pasará a la historia, logró reencaminar a Colombia por las vías de cierto juego en materia electoral, lo que da posibilidades de renovar de manera relativa las élites cada cuatro años. Ahora, por fortuna, en una elección relámpago, otras figuras salen a la palestra y el viejo patriarca desciende poco a poco hacia el olvido y la momificación como le ocurre ineluctablemente a todos los ex presidentes, aunque hasta el último instante habrá querido hacer trampa enlodando con whisky al registrador electoral que no quiso darle su aval al referendo, sin duda con la esperanza de que su paisana no ganara la consulta conservadora sino su cómico pupilo clónico, a quien hasta el ultraderechista Plinio Apuleyo mandó a visitar al psiquiatra.

Al mismo tiempo la justicia tumbó la acusación contra un pobre joven inteligente y culto de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, Nicolás Castro, quien como en las dictaduras totalitarias soviética, castrista o pinochetista pudo haberse podrido en la cárcel en retaliación por haber entrado a un sitio de Facebook donde se hablaba mal del hijo del caudillo. Y a medida que se acerca la justa electoral, otra joven rebelde colombiana pasa a la historia, esa muchacha que el año pasado le entregó un huevo en un acto público al finquero presidente y se negó a darle la mano, anunciando de esa forma que la deriva de aspirar a quedarse en el poder a toda costa era algo que los nuevos no querían en Colombia.

En pocos meses los colombianos, en especial los jóvenes, ya no tendrán que escuchar desde las cinco de la mañana hasta la medianoche los regaños del energúmeno patriarca caricatural antioqueño salido de las novelas de presidentes y dictadores latinoamericanos de infausta memoria. Los jóvenes que han crecido estos ocho años bajo la tiranía psicológica y mediática del caudillo, limitada a una o dos ideas reiterativas, descubrirán por fin que puede haber otra Colombia donde se respeta la ley como lo demostraron los honrados magistrados, un país donde no se puede cambiar de manera impune con trampas y corrupción politiquera la Constitución de la República y donde tarde o temprano los políticos del paramilitarismo que lo apoyaban rendirán cuentas a la justicia y pagarán por los atroces crímenes de exterminio que cometieron en el país, como la eliminación hasta ahora impune de todo un partido, la Unión Patriótica, cuyo candidato Bernardo Jaramillo y miles de sus militantes fueron acribillados por las balas de los criminales y la de muchos periodistas u hombres de bien como el periodista Orlando Sierra, que murieron por denunciar abusos en las regiones.

También descubrirán esos jóvenes que el caudillo que se va tenía la nariz de Pinocho al acusar airado a sus opositores de "antipatriotas" y de aliarse con los "extranjeros" por medio de un asfixiante macartismo ideológico, cuando es obvio que no ha habido en la historia del país nunca un presidente tan entreguista como este, que era casi un perro faldero de George W. Bush, el tenebroso ex presidente de Estados Unidos que no sólo llegó con fraude a la presidencia de su país sino que lo condujo con mentiras a la guerra en Iraq y a una de las crisis económicas más devastadoras de la historia reciente, que incluso hizo resucitar al gran Keynes.

Este caudillo crepuscular que por fin se va se arrastraba todos los días de manera indigna ante el presidente Bush como ninguno otro presidente de banana república y con torpezas diplomáticas sin nombre fue aislando a Colombia en el concierto de las naciones latinoamericanas y finalmente no logró su ansiado TLC, aunque sin necesidad entregara la soberanía del país al otorgar al ejército norteamericano siete bases del país, una concesión que ni siquiera la inteligente potencia del norte quería ni pedía. Porque los colombianos podemos tener una relación equilibrada, digna y diplomática con esa gran nación del norte con la que ineluctablemente tenemos que comerciar y dialogar amigablemente.

Estados Unidos es un gran país y aunque hay allí sectores de la caverna muy temibles ligados al comercio mundial de las armas y a los intereses petroleros, también es cierto que hay amplios grupos democráticos que abogan porque su país no sea sólo un gendarme malvado como en los tiempos funestos de la guerra fría, cuando participaba en golpes de Estado y subía y bajaba presidentes a su antojo.

Era tal el servilismo de este caudillo, que el propio presidente Barack Obama y la Secretaria de Estado Hillary Clinton se han sentido incómodos por esa indignidad del aliado y en varias ocasiones el nuevo mandatario norteamericano ha moderado sus opiniones sobre el balance de su mandato, en especial al expresar claramente la inconveniencia de atornillarse en el poder rodeado por una camarilla de áulicos y celebrar el hecho de que la Corte Constitucional detuviera la aventura a la que nos quería llevar.

Pero lo que los jóvenes colombianos que pasaron de la escuela primaria a la universidad durante su mandato descubrirán es la gran mentira en que ha estado basado el sermón diario de este régimen que termina en agosto. Por un lado atacaba de "bandidos" a quienes se le oponían, pero siempre fue blando con los "bandidos" que lo apoyaron y lo llevaron al poder. Siempre estuvo dispuesto a defenderlos sin importarle la magnitud de los crímenes por ellos cometidos, como lo prueban las múltiples fosas comunes que hay en el país bajo la lupa de las cortes internacionales y el exterminio de inocentes jóvenes de las barriadas para hacerlos pasar por guerrilleros muertos en combate y mostrar así al mundo cifras ficticias de muertos subversivos.

Todo esto ya quedará atrás y los nuevos aires que corren por Colombia son para celebrar: qué bueno que hasta los conservadores recobraron la dignidad de tener candidato propio y que hay un abanico de nueve candidatos a la presidencia que volverán a mostrar lo bueno que es el debate, la discusión inteligente. No habrá tal vez grandes cambios en el rumbo económico y político del país después del 7 de agosto, pero al menos habrá nuevas caras, nuevos funcionarios y no más regaños diarios, más bravuconadas, vulgaridades, intolerancia, violencia verbal en boca del nuevo o la nueva presidenta. Sin duda retornarán a Colombia la diplomacia y la serenidad de estadistas necesarios para tratar de que el país no se hunda en la intolerancia y la violencia.




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