La culpa fue del elefante
En el árbol genealógico de la vuvuzela, la ruidosa trompeta que se tomó el mundial de Sudáfrica, hay un elefante y una abeja.
La cacofónica trompeta -más famosa que Ronaldo y Messi juntos- imita el barritar del elefante que lo utiliza, sospecho, para echarle los perros a esa elefanta despampanante y desinhibida que le quita el sueño.
Otros creen escuchar en el cacofónico aparato el zumbido de una abeja. Conclusión: la vuvuzela, que no ha llegado aún al Diccionario de la Real Academia, es un matrimonio por conveniencia entre el pedestre elefante y la volátil abeja. ¡Cosas se ven!
El suizo Blatter, mandamás de la FIFA, dándoselas de fugaz antropólogo, proclamó que la "vuvu", para resumir, es tan africana como es francés el pornográfico queso camembert. O colombiana la bandeja paisa. Y que la trompeta está ahà y ahà se queda.
Hay motivos adicionales en favor de la "vuvu", una voz zulú que significa hacer ruido (gracias, Wikipedia, por los favores recibidos).
En la inmediata prehistoria de la trompeta de plástico, está el cuerno africano kudú que le dio origen. Ese cuerno era la Internet y el periódico de ayer de antes. Se utilizaba para convocar a la comunidad a arreglar los problemas locales.
La vuvuzela produce un ruido calculado en 127 decibelios, apenas unos tres menos que el producido por un avión en marcha.
Ese ruido tiene felices a los otorrinos porque más de un aficionado anda con el oÃdo interno vuelto añicos. Por lo pronto, serán los otorrinos, no los cirujanos del corazón, quienes harán su agosto en esta ocasión.
Ese pequeño big-bang moreno tiene desesperada a la aldea global que anda con los ojos y oÃdos pegados al televisor. En las niñas de los ojos del bobo sapiens de junio-julio hay sendos balones de fútbol.
La circunspecta BBC, de Londres, está estudiando mecanismos que le permitan transmitir los partidos sin el valor des-agregado que proporciona la "vuvu". En términos turbayistas, se busca reducir el ruido a sus justas proporciones.
La empresa es descomunal. Minimizar ese ancestral alboroto que sale de un aparato de plástico que vale, en promedio, cinco mil pesitos, es tan exótico como pretender minimizar los ayayayes femeninos que son la exquisita banda sonora de cualquier orgasmo.
Nada más descabellado, en plena faena de alcoba, que soplarle a la dulce enemiga en su oÃdo interno esta prosaica recomendación:
"Por favor, cariño, reduce los decibeles de tu entusiasmo a sus justas proporciones, porque de pronto se me alborota la disfunción eréctil".
Muchos aficionados de la llanura le tomamos hace rato la delantera a la BBC: simplemente, accionamos el botón de silencio mudo y quedamos en la soledad del fútbol en compañÃa.
De paso, nos ahorramos la cátedra que los sabiondos del cuero nos enciman a cada paso. A la brava, pues, nos hemos tenido que acostumbrar a disfrutar del mundial con lo que sabemos. Y lo que ignoramos sobre este esperanto de las patadas que es el fútbol.
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