Enero, mes-bostezo
2010-01-19 00
En enero, las defensas están bajas. Y la bolsa exhausta. En esta incómoda condición toca afrontar las alzas que papá gobierno en su extraña bondad nos depara.
Claro, para subir precios aprovechan el despiporre del año nuevo y la certeza de que la capacidad de ira e intenso dolor andan en babia. A nadie se le ocurrirÃa iniciar una revolución en enero. Tampoco un lunes.
Es un mes con tufillo posdecembrino. Se oye un rumor lejano de villancicos que se van con sus tutainas a otra parte. Hay huelga de buñuelos caÃdos. Superávit de guayabos. Silencio y desempleo de polvoreros. "Hecatombe" de pavos y marranos. Los globos, estalactitas de papel y fuego, hacen mutis por el firmamento.
La banda de los tres: Melchor, Gaspar y Baltazar, el de pelo quieto, se da un fugaz champú publicitario trayendo extraños regalos para un niño que esperaba un carrito de madera. O una espadita hecha con cedro del LÃbano.
Sobre los hombros de enero, se mece altanero el Inri de ser el mes que marca el regreso a la nómina y al horario, el otro yo de la monotonÃa. Enero es el mayor fabricante de estrés. (“El estrés es mi capitalâ€, dice un cómico alemán que se niega a dejarse deprimir por este mal del siglo. Pragmático, prefiere sacarle partido).
El primer mes es una encarnación del almanaque BrÃstol. En siete dÃas se define lo que, en teorÃa, sucederá pluviométricamente el resto del año.
Enero es un Nostradamus de tiempo que se expresa a través de las cabañuelas que hacen las veces de bola de cristal del almanaque.
Las cabañuelas, como las brujas, las hay-las hay, pero no hay que creer en ellas. De hecho, nos acostumbramos a los falsos positivos (pronósticos) sobre el estado del tiempo. La mejor forma de obedecer un pronóstico es llevando paraguas decorando el sobaco.
Los meteorólogos no hablan ex cátedra. De diez aguaceros anunciados, aciertan uno, máximo dos. Nadie les pasa cuenta de cobro por sus yerros climáticos. También ellos pagan arriendo.
En enero, la gente vive como acabada de salir de vespertina, despistada. Sin saber qué camino tomar. El caminante de enero no sabe si va o viene. Los siquiatras hacen su agosto en enero. Entre ellos mismos se visitan para medicarse. No se cobran. Todo queda en casa.
El alma oscila entre la alegrÃa de las fiestas que pasan y la perplejidad ante la inminente sudada de plusvalÃa.
Por estas fechas, estómagos reñidos con la estética notifican que mandaron la dieta pa’ la porra. Simultáneamente, nos damos la mentirosa orden de apretarnos el cinturón.
También hay que pensar en cómo pagar las cuentas que dejó el desbordado jolgorio. Es tiempo para sonreÃrle al agiotista o al dueño de la prenderÃa que colecciona fugazmente nuestros relojes y electrodomésticos.
Tiene de exquisito enero que es la época para inventar ilusiones, cambiar de sueños, sobregirarse en propósitos que duran lo que tarda una ola en volverse periódico de ayer. Si me encuentro en la calle a enero, cambio de acera.
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