En Tadó todo lo que brilla sà es oro
Un grupo de 700 mineros artesanales se asociaron para extraer oro y platino con técnicas que respetan el medio ambiente.
El acceso al sitio es miserable. La sensación de humedad y el olor a moho son constantes; tal vez provienen de los musgos que caen de los yarumos, cedros, guayacanes e infinidad de árboles más que tejen la maraña selvática; también, del bochorno que se levanta tras los constantes aguaceros que bañan las selvas chocoanas.
En pocos tramos se nota la mano del hombre. En otros, se siente que el mundo ha permanecido igual por cientos de años. La entrada al lugar de destino se hace por un puente colgante sobre el San Juan, un rÃo cuyo cauce se mueve con un ritmo que adormece mientras se arrastra cientos de kilómetros hasta desembocar en el Océano PacÃfico.
En el ascenso por el escabroso camino que sigue, se pega la ropa a la piel; lentamente se va ingresando a otro mundo.
Gracias a las botas media caña, la caminata por entre los riachuelos llenos de piedras, raÃces de árboles, hojas y arbustos se hace llevadera. Luego de casi una hora de silencio, se escucha el rumor de una motobomba que indica el camino a la mina. Sólo con un guÃa es posible llegar y salir.
Entre las primeras personas que vemos está Luis Eliécer, sacando las piedras más grandes con bateas de madera que se lanzan uno a otro, en cadena, los cuatro integrantes de la familia Mosquera. Uno de ellos es una mujer; aquà el trabajo es igual para todos. Al fin y al cabo, el hambre no conoce ni edad, ni género.
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Desde niños
Luis Eliécer es de mediana estatura, corpulento, sus brazos muestran la rudeza del trabajo al que se dedica desde la niñez. Más por solidaridad a su padre que por su propia convicción, trabaja casi 12 horas cada dÃa en una mina al aire libre, aquà en el municipio de Tadó a unos 70 kilómetros de Quibdó, la capital del Chocó. Lo hace para buscar el escaso oro y el escurridizo platino.
A sus cerca de 22 años, ya estudió todo el bachillerato y aunque desearÃa trabajar en otra labor, como en la contabilidad que aprendió en el colegio, es feliz con lo que consigue.
Su padre, Américo Mosquera, se dedicó a la minerÃa desde muy niño. Conoció el oficio de sus antecesores. Aquà las familias han trabajado por generaciones, una tras otra, en la extracción de los minerales que brotan abundantemente por los rincones del Chocó.
La tarea que hoy hacen replica una tradición de años. Usan la técnica artesanal conocida como de agua corrida, con sencillos utensilios: una batea de madera, picas, palas, mangueras para mover el agua. Han construido con sus manos los canales, las terrazas y los bancos de grava en el sendero del rÃo en que creen que encontrarán el metal. Extraen las piedras y el terreno de un barranco, lo lavan con el agua que corre por los canalones y finalmente filtran el material con mallas, costales y la propia batea.
Este método no necesita el uso de quÃmicos como el cianuro o el mercurio, de manera que no perjudica el medio ambiente.
A nuestra llegada, los Mosquera llevaban 15 dÃas explorando la misma zona de trabajo. DÃa tras dÃa realizan la ardua actividad, aunque en muchas jornadas no sacan un gramo de oro ni platino. Es común que tras despejar una zona el escaso metal no aparezca. Américo dice que "eso hace parte del trabajo, asà como unos dÃas no da, otros dÃas nos lo quita".
Luego de mediodÃa de conocer el rudo método que emplea esta familia, ya llegando al final de la visita, le pregunto a Luis Eliécer sobre la posibilidad de que al término de la jornada pase lo mismo y no recoja nada, a lo que responde sin desánimo y con simpatÃa: “No pues, seguiremos en la ollaâ€.
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Une la región, la pinta y la raza
La explotación no artesanal de oro y platino se realiza con retroexcavadora. Su paso por las laderas y los lechos de los rÃos es devastador. Arrasa con tierra, piedra y arena, socava profundos huecos que nunca son rellenados. Detrás de esta antiecológica práctica, pasan los hombres y mujeres recogiendo el oro que puedan encontrar a su paso.
Aunque puede considerarse una manera más fácil de recoger un dinero, es incalculable el daño ambiental que se hace. Por eso, para no continuar con ésta práctica, varias familias de la zona se unieron par trabajar de una sola manera, que respete al medio ambiente.
La labor de la Fundación Oro Verde ha permitido que ese asocio de familias, que suma 700 mineros artesanales, se vuelva una vida digna. Ellos lograron una autonomÃa que les permite conservar sus raÃces, al tiempo que su trabajo es benéfico para el medio ambiente.
El Programa compra los metales a las familias y los vende en paÃses como Estados Unidos, Canadá, Alemania, Australia, Dinamarca, Francia, Holanda y Reino Unido. El minero recolecta el oro o el platino y lo lleva a la asociación, donde se le compran, al precio del dÃa, sus gramos. Como valor agregado, se le da un 15% de prima por haber conseguido el metal con respeto ecológico; con ese dinero se forma un fondo comunitario de reinversión social, que usan para repartir ganancias entre los asociados.
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*El periodista asisitió por invitación de la Fundación Amigos del Chocó y el PNUD (Programa de la Naciones Unidas para el Desarrollo).
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Galardonados
Los artesanos de Oro Verde del Chocó fueron galardonados este año con el premio internacional SEED a la mejor iniciativa de desarrollo sostenible, siendo la primera vez que la distinción recayó en un proyecto minero. El SEED (Apoyo a emprendedores para el desarrollo sostenible) es una iniciativa formada por organismos internacionales, entre ellos el PNUD de las Naciones Unidas; organizaciones multinacionales de la sociedad civil y los gobiernos de ocho paÃses.
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Apoyo desde el exterior
Gracias al apoyo de gente como Toby Pomeroy, un joyero estadounidense, pueden hacerse realidad estos sueños de los mineros chocoanos. Él conoció la iniciativa por la página web de la Fundación (www.greengold.org), supo del trabajo con la comunidad y la responsabilidad social que ello generaba.
Éste hombre de 65 años vive en Oregon, uno de los estados más limpios, organizados y ecológicamente mejor preservados de EE.UU. El manejo limpio de las basuras y el reciclaje de vidrio, latas y plástico les sirvió para recibir el premio al Estado con mayor conciencia ecológica de su paÃs. Su ciudad, Corvalis, con cerca de 50.000 habitantes, tiene un nivel de vida alto, con rÃos limpios, zonas verdes y una pulcritud como bandera de vida.
Pomeroy tiene una empresa con cinco personas a su cargo, que elabora una lÃnea de ‘joyas ecológicas’, hechas a partir de la recolección artesanal de metales preciosos, o con el reciclaje de joyas usadas y desechadas.
Él vino a conocer el trópico, la selva y la gente a la cual le compra el oro ecológico. “Colombia es mucho más de lo que habÃa imaginado, sabÃa de lo malo: la violencia, la droga y todo eso; pero el paÃs es selva, biodiversidad, belleza natural, calor humano. Es un paÃs virgen, natural; su gente es hospitalaria y la gente del Chocó es feliz con lo que tieneâ€, dice al relatar su experiencia.
En la Fundación Oro Verde Pomeroy encontró una oportunidad de apoyar los esfuerzos de los mineros del Chocó y vio que es posible mejorar el mundo ayudando a la comunidad y al medio ambiente.
Al regreso de su viaje a la tierra chocoana su nieta, de nueve años le preguntó:
— ¿Abuelo, en dónde estuviste?
— Hija, estuve en el paraÃso.
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| medio ambiente.pdf | 643.38 KB |
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Comentarios
A very good and informative
Back in 2007,stock market
Un grupo de 700 mineros