El padre Nacho

Miércoles, 10 Febrero 2010
opinion
Hace siete años partió a la Casa del Padre el padre Nachito; murió de 93 años este simpático sacerdote que en este año sacerdotal vale la pena resaltar como un reflejo del Cura de Ars, de San Juan María Vianey, aquel sencillo hombre que llegó a la pequeña población de Ars y en oración, silencio y humilde apostolado la transformó en una aldea renovada exterior e interiormente.
Tenía 65 años de ordenación sacerdotal cuando el Señor lo llamó el 10 de febrero del año 2003; sencillo y alegre hasta sus últimos días, la sonrisa era el regalo que daba a todo aquel que le trataba; hasta pocos meses antes se le veía caminar gachito de cabeza pero alto de Espíritu en el trayecto que hay desde su casa en San Jorge hasta la parroquia de San José donde por muchos años dejó senderos de luz, de acogida, de servicio constante en el confesionario, en el trato cordial en el parque, en la visita a los enfermos y más pobres.
Hasta sus últimos días mantenía el interés por administrar bien lo que algunos feligreses generosos le hacían llegar en artículos de consumo y alimentación; era una despensa constante; quien se acercaba a él con necesidad real de seguro salía con rostro tranquilo y una bolsa con ayuda alimentaria para sus queridos pobres.
Tenía el gozo constante de la existencia cristiana; sus ojos miraban con calma y afecto; sus labios destilaban para todos la miel de sus sabios consejos y casi permanentemente lucía una sonrisa que a veces se convertía en carcajada sana que parecía aleteo de ángeles. En el confesionario, en la casa cural, en el altar era constante intercesor, orante y consejero; al cumplir los sesenta años de vida sacerdotal alguien le preguntó qué sentía en ese significativo momento de su vida y sonriendo como siempre anotó casi orante: “alzaré la copa de la salvación invocando el nombre del Señorâ€.
Caminaba sin descanso; por las calles de su Parroquia desgranaba saludos, sonrisas, miradas de acogida, bendiciones en plegaria; subía y bajaba por las calles y barrios con caminar cansino en los últimos días pero con el corazón cual campana que oraba, llamaba, amaba; cuando a veces las noticias emiten las fallas y pecados de algunos Ministros que han resbalado y caído me gusta retomar la figura valiente y mansa del dulce padre Nachito y me doy cuenta que es vivir como él la gloria de la Iglesia y que en verdad hay muchos, numerosos y ocultos en la silenciosa sencillez que viven como él.
Su bondad era realista y exigente; tenía un dicho que se me grabó porque lo repetía aquí y allí, lo soltaba en los consejos de animación y luz que ofrecía a diario: “el que quiera celeste, que le cuesteâ€.
Es decir el que quiere llegar a la Gloria debe pasar por la Cruz, la lucha, el esfuerzo; al estudiante perezoso y mediocre le repetía: “al que quiera celeste que le cuesteâ€, esfuérzate, nada de pereza; al que veía en caminos de duda o alejamiento de sus deberes familiares o laborales, lo mismo le decía: “no olvides, el que quiera celeste, que le cueste†.
En este Año sacerdotal no quise callar la figura bella, amable y santa del querido padre Nachito; él fue como decía el Cura de Ars: “el amor del corazón de Jesúsâ€.