El amigo Otto

2010-08-23 00
Jose
Decir alguien que es amigo de Otto Morales Benítez no es ninguna gracia, porque él es amigo de todo el mundo. Desde los más encumbrados personajes de la política y la intelectualidad, de Colombia y de toda Latinoamérica, hasta los meseros de los restaurantes donde suele almorzar, en los alrededores de su oficina de la Torre Colpatria, de Bogotá, en compañía de la persona que acierte a acompañarlo al mediodía; y los taxistas que lo llevan y traen desde su residencia. A todos los trata con la misma efusividad y entusiasmo, envuelve en sus portentosos brazos y les aplica una dosis de sus carcajadas, que son patrimonio nacional. Otto mismo ha dicho: yo no tengo enemigos, ni a la izquierda ni a la derecha. Con lo que explica que haya discurrido por largos años por la política activa, desde sitios de comando del Partido Liberal, incluida la tenebrosa época de la violencia, sin haberle inferido heridas a nadie y asistido del respeto de sus contradictores.
No obstante esa promiscuidad amistosa de Otto, quienes la hemos disfrutado sentimos un inmenso orgullo de que nos reconozca, pregunte por nuestros familiares cercanos con nombre propio, comparta sus libros, nos reciba en su oficina o en su casa y hasta, como en mi caso, nos haya invitado alguna vez a pasar un fin de semana en su finca Don Olimpo, de Filadelfia.
Como Otto tiene don de mando, la llamada recibida simplemente sentenció, con su vozarrón tribunicio: -José: Lo espero este fin de semana en mi finca. Llévese a Adel López Gómez. Pensando en el carro que tenía entonces, muy bajito, apenas le alcancé a preguntar que cómo era el camino para entrar, después de la carretera central. -Muy bueno, contestó. Aquí entran Mercedes Benz. La verdad es que era muy malo. Cuando llegué al patio de la casa y nos bajamos del carro, desde el balcón me gritó: -¿Cómo le fue con el camino? -Muy mal, doctor, le contesté: Usted dijo que aquí entraban Mercedes Benz, pero no me advirtió que eran oficiales.
Con don Adel y yo, otros amigos del Valle estaban invitados. Al caer de la tarde nos sentamos en corrillo, en un amplio corredor, alrededor de una mesa dispuesta con licores y pasabocas, que abastecía Amanda, la niña del servicio, con esmerada diligencia. Otto, que no toma trago, nos dio la bienvenida con una copa grande llena de aguardiente, que fue la única que se tomó, y comenzó un coloquio que recorrió todos los temas: política, nacional e internacional; literatura de todos los tiempos; poesía, de la que cada quien recordaba trozos de poetas regionales que los demás no conocían; arte, tradicional y contemporáneo…En fin, un banquete intelectual exquisito, que se prolongó hasta más allá de la media noche.
A la mañana siguiente me buscó Otto y preguntó: -¿Usted sabe montar a caballo? -Y muy bien, le contesté. -Camine, entonces, José, me acompaña a darle una vuelta a la finca. Salimos, él jinete en una mula magnífica y yo en una yegua garbosa, trochadora. Ambos ensillamos nuestras respectivas cabalgaduras, como hace un chalán que se respete. Un poco adelante, volteó a mirarme y dijo: -Usted se sienta muy bien. La gente de nuestra época se crió montando a caballo. Con lo que se confirma que Otto es tan estadista como campesino.
¡Qué bueno evocar estos episodios cordiales, cuando registramos complacidos y orgullosos el cumpleaños 90 de nuestro amigo, el amigo de todos los colombianos!



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