Despu茅s de Copenhague

2010-03-21 00
mario calderon

Mario Calder贸n Rivera

Despu茅s de la ruidosa Cumbre de Copenhague pareci贸 venir el silencio. Muchos medios de opini贸n se apresuraron a calificar de fracaso un encuentro en el que se ten铆an forjadas grandes esperanzas. Sin embargo, pareci贸 haber un consenso en que ese gran encuentro hab铆a desatado un proceso con nuevas caracter铆sticas medianamente esperanzadoras. Fue evidente, al menos, que la perspectiva con que la comunidad mundial se aproxim贸 al tema del calentamiento global y del cambi贸 clim谩tico, tuvo condicionamientos m谩s apremiantes que los que dieron forma al Protocolo de Kyoto y a su interminable camino hacia su ratificaci贸n por las naciones m谩s contaminantes.

Result贸 claro que la Cumbre sirvi贸 de caja de resonancia para mostrar nuevas evidencias f铆sicas y comprobaciones cient铆ficas sobre la magnitud del cambio ecosist茅mico global. Estados Unidos y China, como los responsables de m谩s del 40% de las emisiones, por primera vez se vieron la cara y comenzaron a desatar el nudo de sus propias responsabilidades. Y todo ello gracias al gesto audaz de Barack Obama, quien no s贸lo tom贸 la decisi贸n pol铆tica de viajar a Pek铆n, sino que fue capaz de mostrar en Copenhague una actitud diferente a la de la c铆nica displicencia con que el presidente Bush (padre) lleg贸 a la Cumbre de la Tierra en 1992.

Obama arrib贸 a la capital de Dinamarca en el momento mismo en que tambaleaban todas las posibilidades de lograr un acuerdo. Y con singular inteligencia consigui贸 romper el hielo y reunir a China, Brasil, India y Sur谩frica para impulsar una f贸rmula que finalmente logr贸 un virtual consenso. Nunca Estados Unidos jug贸 un papel con tanto sentido para el futuro del planeta. All铆, sin que mediara todav铆a un compromiso con fuerza vinculante, s铆 se vio por primera vez la expresi贸n de voluntad sobre acciones concretas, aunque todav铆a condicionadas por el recelo de las partes. Y no s贸lo con relaci贸n a la reducci贸n de sus propias emisiones, sino tambi茅n con respecto a la creaci贸n de un fondo de US$100.000 millones de d贸lares para contribuir al esfuerzo de pa铆ses en desarrollo.

Un repaso tranquilo de lo que ha venido sucediendo casi silenciosamente parece indicar que el debate nunca terminar谩. Por un lado, un sector amplio de la comunidad cient铆fica mundial que no guarda duda sobre los factores determinantes, con el uso de los combustibles f贸siles, la deforestaci贸n y la p茅rdida de biodiversidad a la cabeza. A esta corriente de pensamiento se enfrentan otros cient铆ficos respetables, alentados de alguna manera por sectores del gran establecimiento industrial que se nutre de los combustibles f贸siles. Una actitud comparable a lo que la industria del tabaco continu贸 asumiendo cuando la ciencia demostr贸 la evidencia en la relaci贸n del c谩ncer con el cigarrillo.

Seg煤n un documento del Instituto Tecnol贸gico de California (CALTECH), en v铆speras de la Revoluci贸n Industrial la concentraci贸n de CO2 en la atm贸sfera era de aproximadamente 280 partes por mill贸n. Y en ese nivel aproximado se hab铆a mantenido por cerca de 10.000 a帽os. La era industrial desat贸 un proceso de incremento en ese factor, especialmente a partir de una industrializaci贸n acelerada -basada en el carb贸n, el petr贸leo y el gas- despu茅s de la segunda guerra mundial. Hasta el punto de que en 2007 ese nivel de concentraci贸n era de 384 partes por mill贸n y mostraba una tendencia de aumento por encima de dos puntos anuales. A este ritmo, a fines del presente siglo, como una especie de signo apocal铆ptico, la atm贸sfera terrestre se estar铆a aproximando a un punto en que la vida de la especie humana, en primer lugar, y de una buena parte de las dem谩s especies vivas sobre la tierra, comenzar铆an a no ser viables. Como sucedi贸, precisamente, con la llamada quinta extinci贸n hace 65 millones de a帽os, cuando la concentraci贸n de CO2 en la atm贸sfera se aproxim贸 a las 1.000 partes por mill贸n. Se dar铆a entonces la primera extinci贸n provocada por el hombre.

El gran reto impl铆cito en el camino que comenz贸 a abrirse en Copenhague, est谩 en hacer frente al cambio de fuentes energ茅ticas, simult谩neamente con la preservaci贸n de la seguridad alimentaria, que supone tambi茅n nuevos rumbos en la agricultura mundial. Con las tendencias actuales, la poblaci贸n de la tierra para 2050 estar谩 rebasando la cifra los 9.000 millones, lo cual supone incrementar en un 70% el producto agr铆cola actual y enfrentar un gigantesco reto cuantitativo y tecnol贸gico que neutralice el impacto que el modelo agr铆cola mundial representa hoy en el cambio clim谩tico.

Falta todav铆a afilar instrumentos. Pero, sobre todo, conseguir que Estados Unidos, China y la potencias emergentes como Brasil y la India, logren convertirse en las locomotoras de esta empresa que para muchos tiene las caracter铆sticas de una nueva Arca de No茅. Barack Obama, hay que reconocerlo, es el l铆der con m谩s carisma y convicci贸n, pero incre铆blemente el m谩s maniatado por su propio establecimiento pol铆tico-industrial encarnado en la extrema republicana.

La posici贸n de China es harto parad贸jica. Por un lado y con razones comprensibles, se niegan siquiera a pensar en adoptar medidas que signifiquen colocarse por debajo de un crecimiento del 10% anual que han mantenido durante los 煤ltimos 20 a帽os. Sin embargo, como se deduce de informes recientes, todo indica que comienzan a marchar en una direcci贸n que claramente busca compatibilizar ese ritmo con un cambio en el modelo energ茅tico. El Plan Quinquenal 2006-2010 tiene una consigna: 鈥渉acerse verde es glorioso鈥. Y su prodigioso instinto creativo se resume en la frase de un cient铆fico en energ铆as limpias citado por Thomas Friedman: 鈥淐hina est谩 dejando de copiar y est谩 empezando a crear. La 煤ltima vez que a los chinos les dio por ponerse creativos, inventaron el papel, el comp谩s y la p贸lvora鈥.

En el contexto anterior, la pr贸xima Cumbre de la Tierra, ya acordada para 2012 en R铆o de Janeiro, servir谩 para medir el sentido de supervivencia que a煤n le queda a la especie humana.聽




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