Cuartos de hotel
2010-09-02 00
Terminamos acostados con los fantasmas y pesadillas de quienes nos precedieron. Con sus penas y alegrÃas. Inevitable salir untados de otro. Como cuando en misa nos damos la esquiva, mentirosa y bella paz.
Nos miramos al espejo del cuarto y de pronto nos da la sensación de que no estamos solos. Nos acompañan todos los que se han mirado antes en él: un aristócrata venido a menos, un ex pobre venido a más, ejecutivos estresados, un polÃtico graduado de soltero lejos de casa, reporteros que cubren alguna expectativa, un asaltante bancario que prepara el golpe. El menú es variado.
Los hoteles deberÃan ofrecer resúmenes biográficos de quienes han habitado los cuartos. Asà sabrÃamos con quien compartimos fantasmas.
Hay una inevitable sensación de soledad acompañada en tales lugares. Alcanza uno a sentirse sin norte. Ciudadano de ninguna parte.
En esa pequeña claustrofobia somos ilustres desconocidos. Podemos disfrutar del encanto de ser notorios n.n. Nadie lamentará nuestra partida. Salvo si no pagamos la cuenta.
Claro que los viajeros frecuentes, esos seres que tienen el mundo o la libertad por cárcel, se apegan a los cuartos de hotel como al primer beso, o al último olvido.
La burocracia del hotel los mima. Les conocen sus excesos etÃlicos y sexuales. Menos mal, los empleados hoteleros están hechos para no ver ni oÃr nada. Los entrenan para servir, sonreÃr, olvidar.
Claro que los gerentes hoteleros se empeñan en hacernos amable la fugaz vida de inquilinos. Se les agradece el detalle. O los detalles, porque por todas partes hay coqueterÃas para hacernos sentir como en casa. Lo que no lograrán del todo porque en casa no nos cobran.
Esos cuartos tienen sus voces y ruidos propios que vienen de ninguna y de todas partes. Que no falte papel para consignar alguna urgencia poética, o escribir lÃneas que no leerá ninguna bella. LÃneas que son botellas arrojadas al mar que alimentarán el cesto de basura.
Siempre habrá una Biblia protestante, virgen de lectores, de pasta azul y papel cebolla, disponible en algún cajón por si alguien se la quiere robar. O llevarse solo un salmo o un proverbio. Como biblias hay en todas las casas, no hay peligro de robo. Salvo en caso de coleccionistas-cleptómanos.
El televisor se convierte en familia. Vemos la gorda o la anoréxica de algún reality y nos provoca invitarla al bar. De ese tamaño es la Ãngrima soledad.
Necesitamos ruido, luz, más luz, compañÃa. Abrimos ventanas. Prendemos la radio. Saber cómo se despelota el mundo, hace más llevaderas las horas cuando nos graduamos de forasteros.
¿Esa cobija que nos tocó a quién calentó anoche, o hace un mes? De pronto un corrupto con suerte o un “paraco†emproblemado nos dejó una herencia de malas pulgas entre las sábanas.
Bueno, no hay que ser pesimistas: alguna sucesora de Nefertiti, reina del Nilo, pudo haber soñado allÃ.
Apagamos la luz al momento de abandonar el cuarto, de regreso a casa. En esa veloz liturgia le dejamos este recado a nuestro sucesor: ahà le dejo el cuero.
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