Charles de Foucauld en Marraquech

2010-03-11 00
opinion
Antes de abandonar Marraquech quise visitar un hotelito que se encuentra precisamente en uno de los ángulos de la Plaza Jemaa el-Fna. Realmente la plaza, como dije, no tiene ángulos, es uniformemente deforme. Recorriendo la plaza había encontrado un hotelito llamado Foucauld. El dueño me explicó que allí se alojaba Charles de Foucauld a su paso por la ciudad. Obviamente me emocioné. Yo soy así y sin remedio. Estas cosas, estos encuentros con espíritus grandes de la humanidad, aunque sea a la distancia, me entusiasman. El solo hecho de saber que Foucauld estuvo allí, como saber que Saint Exupéry visitaba un restaurante de Casablanca que yo frecuenté, me llenaba de grandes y exultantes ideas. La vida del Vizconde Charles de Foucauld siempre me ha impresionado. Creo que la razón es esta: este ermitaño del Sahara conoció más que nadie a los hombres que más envidio y uno de los cuales si yo pudiera ser, lo sería: los touaregs del Sahara, los nómadas por excelencia del desierto más grande de la Tierra.
Foucauld nació en Estrasburgo, la célebre y bella ciudad, disputada por alemanes y franceses en ambas guerras. Alsacia y Lorena fueron los dos departamentos de la discordia. Siguió la carrera militar, perdió la fe de sus padres, exploró Marruecos entre 1883 y 1884. Al regreso a Francia volvió a la fe de sus mayores. Vivió un tiempo en Belén, se hizo sacerdote y fue a vivir entre los nómadas del Sahara, metido entre los picos Hoggar, cerca de Tamanrasset. Estos picos son sagrados para los habitantes del Sahara. Toda esta historia me emociona todavía más porque atrevesé a pie el Sahara. Algunos tramos los hicimos a camello. Esta travesía que duró 35 días la hice con amigos españoles. Y conocí Tamanrasset, la mítica ciudad de las arenas y escalé los picos Hoggar y conocí la ermita donde Foucauld fue asesinado el 1 de diciembre de 1916, en plena primera Guerra Mundial. En efecto, ya reconvertido al cristianismo y hecho sacerdote, Foucauld sintió el llamado del desierto y vivió como ermitaño. La presencia de este Vizconde, hoy convertido en beato por la Iglesia Católica, facilitó la entrada de los franceses a Marruecos, a los cuarenta largos años del Protectorado, de los que ya hablamos. Pues bien Foucauld se alojó varias veces en este modesto hotelito de la plaza Jemaa el-Fna. El dueño del local me expresó desde luego su extrañeza admirativa. Me dijo que prácticamente nadie se acercaba allí por ese motivo, por ese huésped lejano que fue Foucauld. Así terminé mi visita a la mítica ciudad de Marraquech.



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