Casarse para tener con qui茅n hablar

2010-02-16 00
Oscar
La reciente celebraci贸n del D铆a de San Valent铆n me record贸 esta iron铆a que le escuch茅 a 脕lvaro G贸mez Hurtado: 鈥淯no se casa para tener con qui茅n hablar鈥. El brasile帽o Jorge Amado la incluye en una de sus deliciosas ficciones.
En las primeras escaramuzas de Cupido, cuando las partes empiezan a olerse, el di谩logo se expresa a trav茅s de suspiros, besos, miradas l谩nguidas. Los enamorados practican la sintaxis de las caricias. Es tiempo de poemas, paseos, discotecas, serenatas, promesas, mentiras piadosas e impiadosas, el casorio, la prole.
En esta instancia del romance, el silencio remplaza la ch谩chara. Tiene raz贸n Neruda en su met谩fora que envidiar铆a Cor铆n Tellado: 鈥淢e gustas cuando callas porque est谩s como ausente鈥. A este 鈥渂olero鈥 s贸lo le falt贸 m煤sica del maestro Jaime R. Echavarr铆a.
Pero llega el implacable Ni谩gara de a帽os, y la libido empieza a retirarse a sus habitaciones de invierno. La disfunci贸n er茅ctil empieza a hacer de las suyas. Entonces cobra vigencia lo del hablar. (Lo dice un mal conversador. La tertulia no es mi fuerte. No frecuento parches de conspiradores para echar paja y desguazar al pr贸jimo. Soy de la cofrad铆a de los cusumbosolos, uno de los alias de los solitarios).
El dilema casarse-hablar suena a ninguneo de la amada, a menosprecio. Pero no hay tal. Envejecer es repetirse. S贸lo dos b铆pedos que se aman, soportan la mon贸tona reiteraci贸n de met谩foras d铆a y nochemente.
En las conversaciones de enamorados con el parsimonioso oto帽o a las espaldas, a veces s贸lo cambia el perfume femenino. O la direcci贸n del viento.
Perogrullo y este servidor de tintos, acabamos por admitir que el amor del atardecer incluye poderosa carga de amistad. Con el amigo uno se repite hasta el infinito. 驴Qu茅 hacer? Pues hacerse los locos ante las repeticiones. Y prenderle una velita a san Alzheimer para que aplace la visita definitiva del ocaso. Y del olvido.
S贸lo hablamos con fruici贸n con quien queremos o estimamos de verdad. 驴Qu茅 tal dos segundos echando paja con quien es alfil de distinto color? Al que no queremos, lo evitamos. Si nos lo topamos en la calle cambiamos de acera. Seguimos de largo, antes de que nos aplique id茅ntica receta.
Hablar, ante todo, exige un buen o铆do, le铆a en los deliciosamente arcaicos libros de autoayuda de Dale Carnegie, quien privilegiaba escuchar a la contraparte. No volver la charla ego铆sta mon贸logo. Los varones domados asumimos que solo lo dicho por el gremio masculino est谩 capando inmortalidad.
En una buena conversaci贸n, los 鈥渃ontendientes鈥 procuran sacar lo mejor de su repertorio. El di谩logo es exigente, creativo. Es un privilegio, delicia, una ventura-aventura tener con qui茅n despotricar a toda hora. O discrepar. O soltar la lengua, simplemente.
Sobre todo, sin tener que posar de inteligentes, sabios, informados, cultos, sobrados del lote. En casita no hay que ca帽ar, ni a quien descrestar. Nos conocen la intimidad de la ropita ideol贸gico-literaria.
Aunque no siempre est谩 el palo para cucharas dial茅cticas. La poeta manizale帽a Marujita Vieira, a quien le pregunt茅 sobre el dilema 鈥渃asarse-hablar鈥 revir贸 con interrogante: 鈥溌縐no se casa para tener con qui茅n callar"? Si en el principio fue el Verbo pues que al final sea la palabra. O su ant铆poda, el silencio.



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