Balones de salario mínimo

2010-07-08 00
opinion

Cuando éramos jóvenes, audaces y bellos, el balón con el que jugábamos tenía cirujano plástico propio: el zapatero remendón del barrio que lo "operaba" cuando se descosía por fatiga de metal.

Sin balón, había silencio y estupor en la cuadra. Recuperábamos la felicidad cuando el médico balompédico nos devolvía el "útil". También le decíamos confianzudamente la número cinco, esférico, cuero.

Don Luis Ramírez, de Aranjuez, en Medellín, era uno de esos cirujanos. Como sus colegas zapateros, tenía fatigadas manos de pianista y de Cocó Chanel al mismo tiempo. Remendaban con cáñamo y aguja capotera. Como los linotipistas, sólo revelaban los secretos del oficio a su prole.

En vez de sofisticada tecnología de punta que los hacía imposibles de alcanzar, como si fueran mujeres fatales, esos balones proletarios, con olor a salario mínimo, tenían incorporada una antiestética tripa que había que meterle. Una ruanita de cuero se encargaba de impedir que la tripa se saliera de madre y se desperdigaran los goles.

Otro funcionario clave era el dueño de la bicicletería adonde íbamos a inflar el balón. Si no había bicicletero, para eso estaban los pulmones de la chinchamenta. Cuando estaba inflado, algún piernipeludo elegido a dedo, lo probaba haciendo malabares. "Tecniquiar", era el verbo acuñado para ese rito. Y listo el control de calidad. Ahora, a jugar.

A ese balón que encarnaba "el sueño del pibe" se le hacía otra cirugía menor: se le ponían parches cuando por algún azar balompédico se le rompía la vejiga. Algún espontáneo con sacol pegaba los parches. También lo hacía en la clandestinidad. Nada de enseñar el cómo. Perdía protagonismo. Y platica para el cine dominical.

Había balones de pedal, hechos de papel periódico de ayer. O de nunca. Tal vez así nació la devoción de este aporreateclas por el periodismo. Los aristócratas de gallinero de los teatros del barrio, fabricábamos esas pelotas de papel -o de trapo- cuando el enfermo estaba en cuidados intensivos. Era más importante el fútbol que la comida, el amor y el sueño.

Los balones de mejor familia, de cuero de vaca o chivo, eran cosidos a mano, con paciencia y amor benedictinos. Cuando llovía, se ponían pesados al contacto con el barro o el agua, solo los iniciados lo podían manipular.

Nada que ver con el impredecible Jabulani (=celebrar, en lengua zulú), el balón del mundial de Sudáfrica que deshoja la margarita de los últimos goles. Después de la vuvuzela, ningún cachivache generó más ruido.

Esta prima donna lúdica pesa 440 gramos y es más escurridizo que un corrupto criollo. No se deja pillar de ciertos arqueros que le atribuyen su apresurado regreso a casa a la imposibilidad de amaestrarlo.

Muchos entrenadores se escudan en el glamuroso Jabulani para justificar el fracaso. Alegan que cuando sale disparado enloquece, se aparta de cualquier libreto.

Los únicos que no se lamentan son los alemanes que juegan con él hace tiempos. A su complicidad con este balón perfecto como una modelo de arbitrarios 90-60-90, le adeudan el éxito logrado. A veces, lo del rico también es robado.

Poniéndonos metafísicos, digamos que vivir es cambiar de balón.




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