Balones de salario mÃnimo
Cuando éramos jóvenes, audaces y bellos, el balón con el que jugábamos tenÃa cirujano plástico propio: el zapatero remendón del barrio que lo "operaba" cuando se descosÃa por fatiga de metal.
Sin balón, habÃa silencio y estupor en la cuadra. Recuperábamos la felicidad cuando el médico balompédico nos devolvÃa el "útil". También le decÃamos confianzudamente la número cinco, esférico, cuero.
Don Luis RamÃrez, de Aranjuez, en MedellÃn, era uno de esos cirujanos. Como sus colegas zapateros, tenÃa fatigadas manos de pianista y de Cocó Chanel al mismo tiempo. Remendaban con cáñamo y aguja capotera. Como los linotipistas, sólo revelaban los secretos del oficio a su prole.
En vez de sofisticada tecnologÃa de punta que los hacÃa imposibles de alcanzar, como si fueran mujeres fatales, esos balones proletarios, con olor a salario mÃnimo, tenÃan incorporada una antiestética tripa que habÃa que meterle. Una ruanita de cuero se encargaba de impedir que la tripa se saliera de madre y se desperdigaran los goles.
Otro funcionario clave era el dueño de la bicicleterÃa adonde Ãbamos a inflar el balón. Si no habÃa bicicletero, para eso estaban los pulmones de la chinchamenta. Cuando estaba inflado, algún piernipeludo elegido a dedo, lo probaba haciendo malabares. "Tecniquiar", era el verbo acuñado para ese rito. Y listo el control de calidad. Ahora, a jugar.
A ese balón que encarnaba "el sueño del pibe" se le hacÃa otra cirugÃa menor: se le ponÃan parches cuando por algún azar balompédico se le rompÃa la vejiga. Algún espontáneo con sacol pegaba los parches. También lo hacÃa en la clandestinidad. Nada de enseñar el cómo. PerdÃa protagonismo. Y platica para el cine dominical.
HabÃa balones de pedal, hechos de papel periódico de ayer. O de nunca. Tal vez asà nació la devoción de este aporreateclas por el periodismo. Los aristócratas de gallinero de los teatros del barrio, fabricábamos esas pelotas de papel -o de trapo- cuando el enfermo estaba en cuidados intensivos. Era más importante el fútbol que la comida, el amor y el sueño.
Los balones de mejor familia, de cuero de vaca o chivo, eran cosidos a mano, con paciencia y amor benedictinos. Cuando llovÃa, se ponÃan pesados al contacto con el barro o el agua, solo los iniciados lo podÃan manipular.
Nada que ver con el impredecible Jabulani (=celebrar, en lengua zulú), el balón del mundial de Sudáfrica que deshoja la margarita de los últimos goles. Después de la vuvuzela, ningún cachivache generó más ruido.
Esta prima donna lúdica pesa 440 gramos y es más escurridizo que un corrupto criollo. No se deja pillar de ciertos arqueros que le atribuyen su apresurado regreso a casa a la imposibilidad de amaestrarlo.
Muchos entrenadores se escudan en el glamuroso Jabulani para justificar el fracaso. Alegan que cuando sale disparado enloquece, se aparta de cualquier libreto.
Los únicos que no se lamentan son los alemanes que juegan con él hace tiempos. A su complicidad con este balón perfecto como una modelo de arbitrarios 90-60-90, le adeudan el éxito logrado. A veces, lo del rico también es robado.
Poniéndonos metafÃsicos, digamos que vivir es cambiar de balón.
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