¿Y ahora, qué hacemos?
Martes, 9 Febrero 2010
El problema está ahÃ, a la vista de todos y confirmado por un hecho inédito en la polÃtica de los últimos ocho años. Y es el de la pérdida de interés de la gente por un nuevo gobierno de Ãlvaro Uribe. Las dos últimas encuestas revelan que la mayorÃa de los colombianos no quiere que el Referendo pase. Fatiga de metal, se llama la figura.
Pero el Presidente no cede. En su obstinación, y siempre en la mitad de la encrucijada del alma, mantiene la última esperanza y la polÃtica en el congelador. Sobre todo la suya. La de las fuerzas que podrÃan continuar su tarea y la del hombre llamado a sucederlo. Los grandes problemas de la Nación no tienen un espacio y estamos asistiendo a la campaña electoral más simplona, más gris y más mediocre. Cuando no hay en el fondo una lucha seria por el poder, los candidatos al Senado y a la Cámara se debaten en la más melancólica de las penurias. La oposición no tiene a quién o a qué oponerse y los amigos de Uribe no sabemos qué camino coger. Porque no hay camino, primero, y segundo porque no sabemos a dónde ir.
El paÃs está lleno de problemas, y no precisamente de los más livianos. Pero el tiempo tiene las más bellas oportunidades que nunca tuvo para una polÃtica grande y alta. La posibilidad de alcanzar la paz es real y próxima. Si se aplicaran los mecanismos ya en uso contra las bandas de narcotraficantes, la victoria estarÃa próxima. Pero se necesitan mandos nuevos, figuras nuevas, ilusiones nuevas. Lo mismo que en el campo de la economÃa. Los Estados Unidos quieren ayudarnos y el TLC nos empujarÃa a insospechados niveles de desarrollo. Claro, si no nos enredáramos otra vez en los cuartos traseros de los pollos y en las vacas viejas. Las perspectivas mineras están a la vista y el crecimiento del campo podrÃa ser tanto, que tendrÃamos que importar mano de obra para no desperdiciarlo. Las obras de infraestructura claman por una mano amiga y los proyectos energéticos y de desarrollo tecnológico tienen espacios insospechados.
Pero para todo eso se necesita, precisamente, lo que nos falta. La voz de clarÃn de un jefe que despierte las almas adormecidas y de la señal de partida hacia la modernidad, cuyas bases sentó Uribe. La fuerza de un partido distinto que reúna lo que se ha configurado en estos años como un centro derecha invencible. La conciencia de que tenemos todo ese tesoro de oportunidades y que no podemos arriesgarlo en los ensayos catastróficos del socialismo chavista. El sentimiento de que somos un pueblo al que espera el mejor futuro, y no esa acomplejada postura histórica que fue nuestra infaltable compañera de ruta.
Pero no hay nada de eso en el horizonte. Seguimos en vilo esperando lo que haga una Corte que negocia los secretos de ponencias que debiera discutir en reserva. Y pendientes de la otra Corte, que cada cierto tiempo nos regala una nueva atrocidad para apaciguar sus instintos de venganza, y sus resentimientos inacabables. Seguimos regalando cargos a los sujetos más mediocres y despreciables del paÃs, como ocurrirá con la Embajada en Egipto, que seguirá a ciertas plazas que le tiramos a los buitres en el Consejo Superior de la Judicatura. Porque en horas inciertas todo pasa, especialmente lo peor. Entre tanta incertidumbre, cuando parece que lo perdemos todo, no cabe sino preguntarnos: ¿y ahora, qué hacemos?
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