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Se dice coloquialmente que hay X número de cosas "mal contadas", para significar que esa es una cifra aproximada. Los resultados del Censo Nacional de Población y Vivienda 2018 que el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) divulgó el pasado martes, nos aterriza en la realidad de que no somos 50 millones de colombianos, como señalaban las proyecciones demográficas, sino que apenas estaríamos alrededor de los 45,5 millones, un desfase del 9% que tiene todo tipo de consecuencias en las estadísticas que se llevan en el contexto nacional (el promedio de "descache" en Latinoamérica es del 5,7%). Esa debería ser una proyección simple en la que se sumen nacimientos y se resten defunciones, por lo que habrá que revisar los mecanismos que aseguren una recolección más fiel de esos datos.

Si bien, como lo afirmó el director de la entidad, Juan Daniel Oviedo, los censos en el país siempre han estado por debajo de las proyecciones, la magnitud de la inconsistencia es preocupante, porque evidencia que en los últimos tiempos Colombia ha funcionado con estadísticas engañosas e imprecisas. Las nuevas cifras, que esta vez lograron una cobertura mayor a la del censo del 2005, obligarán a cambios sustanciales en los resultados de los indicadores económicos y sociales, y hasta en la distribución de las regalías y los recursos para la salud entregados a las regiones por el Gobierno Nacional.

Al ser menos colombianos, los indicadores económicos en general van a terminar siendo mejores que los revelados hasta ahora. Es así como los ingresos per cápita van a mejorar, lo mismo que las cifras de ocupación laboral, y demás estadísticas en las que el universo será más pequeño. Esto contrastará con la desmejora en indicadores sociales en los que las tasas se miden por cada 100 mil habitantes, como es el caso de los homicidios, los muertos en accidentes de tránsito y otros datos de este mismo estilo en los que se verán aumentos indeseables.

Hay que hacer, por tanto, una profunda reflexión, porque la credibilidad del DANE hay que cuidarla y en las actuales circunstancias se generan muchas incertidumbres. Se ha considerado que siempre esa entidad ha entregado cifras con suficiente sustento técnico, por lo que es fundamental hallar los vacíos y baches en los que se estaría incurriendo y aplicar soluciones definitivas que reconstruyan la confianza total en sus estadísticas. Por ejemplo, el hecho de que los departamentos de Nariño y Valle del Cauca aparezcan con niveles de población muy por debajo de lo proyectado hay que revisarlo con mucho rigor.

No obstante, los lunares que hoy se observan pueden ser insignificantes ante la posibilidad de tener cifras más coherentes y ciertas en diversos aspectos, como que hay una creciente presencia de adultos mayores, una mayoría evidente de población femenina (51,4%), un alfabetismo del 95% y una cantidad significativa de personas que reportan sufrir de alguna discapacidad (cerca de 3 millones). Todos esos datos son útiles para saber con mayor precisión cómo somos y tomar acciones contundentes para enfrentar los desafíos del futuro.

 

Lo importante ahora es que las cifras definitivas, debidamente confirmadas, correspondan a la realidad y que sigan siendo bases firmes para cimentar las políticas públicas y las decisiones de gobierno. Los datos consolidados serán de gran valor en la concreción del Plan Nacional de Desarrollo que el Gobierno deberá presentar al Congreso para su aprobación en la primera legislatura del año entrante, y en donde deberán aparecer políticas que apunten a enfrentar los desafíos que nos plantean las nuevas estadísticas.