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El que no es nada y llega a ser

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El que no es nada y llega a ser
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Por: César Montoya

Terencio es un zapatero de profesión. En la Calle de los Largos, barrio contiguo a la zona de tolerancia, hacía botines, cambiaba suelas y soltaba su lengua viperina para despotricar de los ricos que mandaban en la población de Barlovento. El látigo de su verbo fue un púlpito locuaz para darle sustento ideológico a todos los que vivían cerca de su taller.

La democracia colombiana, en la peor decisión de la historia, resolvió que los gobernadores, alcaldes y concejales debían ser elegidos por voto popular.

Terencio la vio fácil. Su guarida fue cátedra de demagogia emocional con prosélitos que se dejaban engatusar por el espejismo de sus prédicas. Convenció a otros conmilitones que también trabajaban con el cuero, encontró apoyo en ebanistas y vendedores al menudeo de baratijas, y la burbuja incipiente se convirtió en un movimiento de masas, vociferante y altanero.

Cuando la temperatura electoral calentó motores, Terencio se autoproclamó candidato a la alcaldía de Barlovento. Los petardos verbales estallaron, se habló de "reivindicaciones sociales", se hicieron nocturnas marchas fúnebres con velas encendidas, y su garganta, con explosivos registros de trueno, retumbó desde un nuevo Sinaí. Fue tan eficaz la venta de paraísos imaginarios, que ganó el comando de su pueblo.

Terencio percibió que no podía hacer un buen gobierno si no se salía de "la rosca" que decidió su elección. Nombró un gabinete de discretos intelectuales, entregó el manejo de las finanzas a un economista y escogió, previas calificaciones exigentes, el resto de sus colaboradores.

Terencio, que no había pisado un club social, fue declarado socio de honor, el banquero lo conquistó para que abriera las cuentas del municipio en su entidad, dándole secretamente una comisión, su esposa fue nombrada presidenta de las Damas de la Caridad pequeño estamento de la mayor distinción, y sus hijos pasaron a ser los primeros en las calificaciones escolares.

Los habitantes de Barlovento que habían votado por él, quedaron decepcionados con la conducta del alcalde y sus amigos de ayer lo tacharon de "traidor". La respuesta del burgomaestre fue despectiva con sus antiguos camaradas. Cerró el cuchitril que por años le había dado el diario sustento, alquiló vivienda en el barrio de los ricos, abandonó las cantinas de sus escándalos, y tomó visos de envanecido pechugón.

Terencio había conquistado, con la elección, el cielo privilegiado de Barlovento. Sus seguidores le quitaron el respaldo y lo señalaron como un Judas despreciable. Pasaron como nubes viajeras sus cuatro años administrando el pequeño municipio.

Como ciudadano sin nómina, tuvo que enfrentarse a la cruda realidad. Ya sin el poder, fue expulsado del club social, su mujer fue excluida de los costureros de las Damas Grises, y sus hijos pasaron a ser unos zánganos en los planteles educativos. Terencio, otra vez, era un Don Nadie, desmantelado de la vida artificiosa que genera en una parroquia los altos cargos de gobierno.

Faltaba lo peor. Privado de los ingresos oficiales, tuvo que regresar a su taller de zapatero remendón. Los vecinos que antes se daban cita allí para celebrar anticipadamente el futuro redentor que les prometía, por acuerdo unánime, boicotearon su negocio dejándolo convertido en solitario muladar. Terencio también perdió el coyuntural respaldo de los ricos que lo utilizaron mientras podía repartir favores, y fue así mismo abandonado por los suyos, a quienes engañó cuando escaló peldaños como "lobo" social.

Amarga lección para quienes nunca han sido y llegan a ser. Conozco prototipos de estos bípedos. Alcaldes a quienes se les entiesa la cabeza, que pierden la movilidad de su cintura, que eliminan el saludo, envanecidos como pavos reales. Se vuelven desdeñosos y humillativos con el pobre. Creen que han conseguido una gloria sólida y duradera sin pensar jamás que nada es tan efímero como el poder.

Fecha de publicación: 
Jueves, Septiembre 27, 2012
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